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Lecciones de democracia de ETA en la Diada



Imagino que entre el separatismo catalán habrá gente razonable aunque, bajo mi punto de vista, equivocada. Gente normal, padres de familia que, desde la calma y la normalidad, pretendan una independencia catalana difícilmente justificable. En la próxima "Diada" se anuncia la llega a la misma de artistas invitados para apoyar el "sí", tales como anti-sistema, anarquistas y terroristas.

Imagino que a esa gente a la que antes he calificado como "normal" le producirá una cierta grima ir del mismo lado que ese tipo de gente. Personajes que para imponer sus ideas queman contenedores, rompen escaparates, apalean a un policía, pegan tiros en la nuca o ponen bombas en centros comerciales, calles o aeropuertos.

Una persona normal ante esa situación, viéndose apoyada por ese tipo de gente se debería preguntar un simple: "¿pero que hago yo aquí?" Porque cuando se tiene la razón en algo, cuando se va con la verdad por delante, cuando se está seguro de lo que se pide, nadie necesita la fuerza para imponer esa idea contra nadie. No se necesita a morralla, a asesinos, a lo peor de cada casa para imponer nada porque la razón está de su parte.




Hay en Cataluña, a día de hoy, una necesidad de imponer cosas por la fuerza que incluso a los más convencidos, entre las personas normales, les debería chirriar por algún sitio. ¿Qué miedo hay a que el contrario pueda salir a la calle a dar su opinión? ¿Se atrevería algún catalán contrario a la independencia a salir a la calle a decir esta boca es mía? Probablemente no, seguro que no, los expertos en tiros en la nuca, en secuestros, en coches bomba vienen a aleccionar en métodos represivos, en cómo imponer la ley del más fuerte ante las minorías y los pacíficos.

Y lo peor de todo es que después lo camuflan todo calificándolo de democracia o democrático. Como si los que les hemos sufrido fuéramos imbéciles y tuviéramos la memoria de un pez, como para no acordarnos de sus asesinatos, de sus aplausos y de sus justificaciones aunque el cuerpo que hubieran destrozado por una bomba hubiera sido el de un pobre niño de 6 años. Con esa gente, como decía mi abuelo, ni a recoger billetes de mil

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